Y así, nació HoneyGloss.
Hace seis años nació HoneyGloss.
Y si soy sincera, durante mucho tiempo pensé que jamás tendría un negocio propio.
Monté HoneyGloss en El Palo, el barrio donde crecí, el barrio de toda mi vida. Pero la idea de emprender no siempre estuvo ahí. De hecho, hubo una época en la que pensé exactamente lo contrario.
Cuando estaba haciendo mis prácticas, conocí de cerca lo que significaba tener un negocio. Veía a quien entonces era mi jefa luchar cada día contra casi todo: alquileres cada vez más altos, márgenes ajustados, problemas inesperados y, a veces, clientas difíciles. Sacar adelante un pequeño negocio requería una energía y una fortaleza que yo admiraba profundamente.
Cuando aquel negocio cerró, algo se rompió dentro de mí. Me desilusioné. Pensé que tener un negocio propio era demasiado difícil y que quizás no compensaba.
Durante los años siguientes trabajé en distintos lugares. De algunos me llevé grandes aprendizajes; de otros, la certeza de lo que nunca querría hacer el día que tuviera algo mío. Pero hubo algo que empezó a repetirse allá donde iba: mis clientas seguían viniendo conmigo.
Aquellas mujeres con las que había empezado años atrás seguían buscándome. Poco a poco nos habíamos convertido en algo más que profesional y clienta. Nos veíamos cada tres semanas. Celebrábamos juntas los ascensos, las bodas, los embarazos y los nuevos proyectos. También compartíamos lágrimas, miedos y momentos difíciles. Habíamos construido una relación que iba mucho más allá de unas uñas.
Y entonces ocurrió algo que nadie esperaba.
Llegó la pandemia.
De repente estábamos todos encerrados en casa, sin saber cómo sería el futuro. Había incertidumbre, miedo... y también muchas horas para pensar.
Fue durante aquellos meses cuando empecé a hacerme una pregunta que cambió mi vida:
¿Y si lo intento yo?
Pensé que, en el peor de los casos, tendría pocas clientas y tendría que cerrar. Buscaría trabajo en otra cosa y seguiría adelante. Al final, solo perdería dinero.
Pero también pensé:
¿Y si sale bien?
Cuando terminó el confinamiento y las calles volvieron a llenarse de vida, un martes cualquiera bajé de mi casa para ir al supermercado. Allí vi un local vacío.
Y algo dentro de mí me dijo:
"Llama".
Pero no llamé al propietario del local.
Llamé a Ramón.
Sabía que, si algún día montaba un negocio, no podía elegir mejor compañero para hacerlo. Él, tatuador. Yo, enamorada de la belleza y de las personas. Los dos compartiendo las mismas ganas de crear algo diferente.
Y así empezó HoneyGloss.
No os voy a mentir: no ha sido fácil.
Durante estos años me he acordado muchísimas veces de aquella primera jefa. Cuánto aprendí de ella. Cuántas cosas comprendí después de ponerme al otro lado.
Hemos tenido momentos maravillosos y otros muy difíciles. Hemos llorado, reído, vuelto a llorar y vuelto a reír. Hemos cometido errores, aprendido sobre la marcha y trabajado muchas más horas de las que imaginábamos.
Pero cada día seguimos intentando mejorar.
Porque HoneyGloss nunca ha sido solo un estudio de belleza.
Siempre hemos querido construir una comunidad. Un lugar donde os sintáis escuchadas, donde cada servicio sea personalizado, donde haya espacio para la creatividad, las conversaciones interminables, las risas y también para esos días en los que una necesita un ratito para sí misma.
Hoy, en el Día de las PYMES, quería dar las gracias.
Gracias a las que lleváis acompañándome desde que abrimos las puertas hace seis años.
Y gracias también a las que lleváis más de diez años caminando conmigo, incluso antes de que HoneyGloss existiera.
Porque la realidad es que HoneyGloss no son sus paredes, ni sus muebles, ni su nombre.
HoneyGloss sois vosotras.
Y si hemos llegado hasta aquí, ha sido gracias a cada una de las personas que han confiado en nosotros durante todos estos años.
Gracias por formar parte de esta historia.