Un 19 de abril de 1882, moría Charles Darwin, el naturalista que explicó la evolución por selección natural… y que, sin embargo, confesó una inquietud: la cola del pavo real le ponía enfermo. Aquella exuberancia parecía contradecir su teoría, un despliegue de belleza inútil y costosa para la supervivencia. La solución llegaría a través del marketing que se inventó hace millones de años: la capacidad de persuasión sostenida por la credibilidad articula también nuestra supervivencia. En ella, el adorno es la mayor parte de las veces seducción.