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El imperativo liberal (neo) de la utilidad -financiera y espiritual- de todo cuanto se hace es una de las razones de la quiebra humana. Vivimos en tiempos horribles, no ya por la violencia y la crueldad que se ejerce contra los grupos más vulnerables, por la violencia militar de los poderosos contra los indefensos, por la violencia verbal y simbólica que se ejerce desde los templos digitales contra todo aquello que suene humano o decente, sino por las categorías impuestas desde las aulas más prestigiosas y los círculos de pensamiento patrocinados por los gigantes financieros e industriales y reverberados hasta la náusea por sus lacayos en los medios de comunicación, a saber, que la vida ha de buscársela uno mismo con independencia de su condición, que es lícito abandonar a su suerte al débil si este no supo “buscarse” esa vida, que la vida modélica es la del “empresario hecho a sí mismo” -hasta donde se sabe, ningún empresario se ha hecho a sí mismo sin haber heredado o sin haber pasado encima de cientos o miles de miserables explotados-, que hay un canon de belleza único (que incluye los más ordinario y kitsch que se haya visto), que es más importante la supervivencia individual que la colectiva (esto ya es irracionalidad pura), que la justicia social es una utopía porque el hecho de que entre todos paguemos el bienestar común es algún tipo de latrocinio contra quienes generan la riqueza (ningún millonario “produce” riqueza, la producen los trabajadores y se la apropian ellos)… en fin, tantos supuestos que hasta hace unos años habrían sido vistos como delirios de maleducados, hoy son parte de la biblia económica de una parte de la humanidad ciertamente minoritaria, pero terriblemente poderosa.

Uno pensaría que es una rareza o una falla en el sistema, pero eso sería cuando menos ingenuo (y cuanto más, estulto). Esta arquitectura tecno feudal y antihumana se viene diseñando desde hace décadas. Los biennacidos pensábamos que después del 45, de la creación de las Sociedades de Naciones, de la Carta de las Naciones Unidas, los movimientos que crearon derechos laborales, sociales y civiles; después de que fuimos conscientes de lo estúpido, cruel e inhumano de los nacionalismos fascistas, después de que el espíritu humano hubiese creado los avances médicos que mejoraron y alargaron tanto y tanto la vida, después de los movimientos artísticos más potentes de muchos siglos, después del consenso sobre la preeminencia de la dignidad humana por encima de cualquier totalitarismo, después de tanta iluminación y progreso, creíamos que cosas tan básicas como las libertades individuales y los derechos fundamentales estaban garantizados… pues va a ser que no. Como a las generaciones que nos precedieron, a esta le tocará, otra vez, salir a la calle, hacer huelgas, resistir la embestida del toro bizco y torpe (así llamo yo al capitalismo), formar colectivos independientes y cooperativos tanto en la producción agrícola como en los servicios y la industria; nos tocará enarbolar a diario la bandera del humanismo, militar constantemente en alguna causa, litigar, comunicar, resistir en comunidad… sólo en comunidad podrá ser. Voy a citar otra vez al maestro Arreola al que le gustaba (a todos nos gusta) la sabiduría popular y sus dichos entrañables: “Tan bien qué íbannos, dijo el de la panguita, y tuvimos que nadar”. Pues sí, “íbannos” bien, pero nos tocará nadar.

La lucha será, además de lo que se ha dicho ya y es obvio, simbólica y cultural. Es decir, que tendremos que rescatar los idearios viejos, pulirlos, difundirlos y añadir lo nuevo. Nuestras costumbres deben empezar a cambiar radicalmente; los hábitos de consumo, los culturales (de consumo cultural, también), los hábitos de pensamiento (menos egoístas), nuestra axiología personal ha de ponerse en tela de juicio y reordenarse. Es decir, que muchas cosas deben cambiar muy rápidamente para que los monstruos que nos acechan, mientras lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer, no nos devoren definitivamente.

Jul 21
at
2:31 PM

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