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En días como estos, en los que ya no hace falta existir, el cuerpo —casi inerte— abandona su propósito artificial.
Y es entonces cuando todo juicio, ahora desvanecido, se revela en la mirada de cualquiera, y uno mismo se reconoce repitiendo gestos, como monos frente a premios y escaleras.
Pero es justo en ese instante de aparente inacción donde la mente lo hace todo:
hablan las voces que arrancan lo mudo a la realidad, se escriben las palabras que dan forma a lo informe, se pintan los colores que ni el arcoíris conoce.
Por eso, entre envidia o incomprensión, el artista es llamado vago: porque su tarea no requiere de los agotamientos innecesarios a los que tantos se aferran.
Y sin embargo, recuerda bien: el movimiento de quien crea mundos ocurre siempre detrás de días como estos.
