Ahora sé que no hay nada peor que te pregunten de qué va tu propio libro, pero en ese momento no lo sé. E intento responder con demasiada buena voluntad. Por supuesto, sale mal: resumo precariamente el argumento e infravaloro lo escrito (tendencia al autodesprecio que es marca de la casa). El libro-librillo queda por ahí suspendido y el chico me mira ahora como arqueando las cejas.