Oyarzabal merece un Galeano
Este tipo merece que alguien le escriba un cuento. Una fábula. De esas en las que Galeano contaba historias de futbolistas corrientes que, por un instante, cambian el rumbo de las cosas.
Mientras celebraba el gol pensé que podría ser uno de mis colegas. Uno de esos con los que ves el partido en el sofá y que en lugar de estar aquí celebrando un gol con una cerveza en la mano, lo acababa de marcar a cinco mil kilómetros.
No es rápido. No es fuerte. No es alto. Tampoco es guapo. Y, sin embargo, ahí está, entre Mbappé, Kane y Haaland, peleando la bota de oro y con pinta de alquilarte una bici en Eibar.
Un solo club en toda su vida. Cero tatuajes. Acabó Empresariales, por si acaso. Sigue con la novia del colegio y con la cuadrilla de siempre de su pueblo. Es tu vecino de toalla en la playa de Mundaka. El que te deja la crema.
El hombre normal que entra en la historia sin disfrazarse de héroe. Sin cambiar una coma de lo que es.
Por eso me cae bien. Porque, en el fondo, todos somos un poco Oyarzabal. Que alguien le escriba un cuento, de los que acaban bien.