Mi esposa es editora profesional y cada dÃa se la ve más triste, porque un porcentaje cada vez mayor de los trabajos que le envÃan dicen: «Mi libro tiene mi propia voz, solo le pasé un corrector gramatical por IA».
«Lo que no saben», me dice en privado, «es que todos estos libros suenan exactamente igual, incluso dentro de temas diferentes. No saben lo que la IA le está haciendo a la voz que creen tener».
Si lees mucho en Substack, puedes ver cómo se está infiltrando por todas partes. Autores a los que sigo desde hace años están decidiendo «recurrir a la IA», pulir un poco las cosas, acelerar el proceso, y se nota. Las señales son sutiles hasta que dejan de serlo. Y entonces te da pena lo que está pasando.
En el caso individual de cada escritor, seguro que lo perciben como una mejora. En general, es la degradación de la comunicación.
Cada vez que un autor cede parte de su voz auténtica a la ayuda de la IA, es como perder otra especie de insecto o anfibio en la selva. Una tragedia que nadie registra o que se ignora como si fuera parte de la vida en el mundo moderno.
Aunque la ayuda de la IA haya perfeccionado el mensaje, no es por eso que leo. Leo porque eres tú, y verte luchar por la claridad que tanto te ha costado conseguir y por una voz que sea verdaderamente tuya, y lograrlo con el tiempo, es la emoción de todo este juego de la comunicación.
Y ahora, añadiendo una extensión a esta nota unos dÃas después, que surgió en un comentario más abajo...
Me sorprende con frecuencia lo que surge cuando me esfuerzo por articular algo que parece simple o trivial, especialmente en una conversación donde hay una persona real que me pregunta o escucha mis pensamientos e ideas. Y entonces pienso: ¡Guau!, jamás habrÃa dado con esta idea, ni con esta forma de pensarla, ni de expresarla, si hubiera optado por una comunicación automática, respondiendo o escribiendo sin prestar atención, o delegando completamente la comunicación a otra persona, o en este caso, a una máquina.
El pensamiento y la expresión humana orgánica son, para mÃ, el equivalente a cómo se denomina a las selvas tropicales los pulmones del mundo. Si arrasamos las selvas, unas décadas después pensamos: «Ah, claro, eran realmente importantes».
De manera similar, el lenguaje, la expresión y la comunicación humana son, a mi parecer, la selva tropical de nuestro mundo interior. O, aún más precisamente, la formación del lenguaje, la actividad misma de pensar en lenguaje, tiene un beneficio atmosférico para nosotros como especie.
Pensar con rigor y habilidad, expresarnos con autenticidad y alegrÃa, y la emoción electrizante del descubrimiento —descubrimiento de ideas, descubrimiento del otro, descubrimiento de nosotros mismos— tiene un impacto beneficioso invisible en nuestras redes neuronales, que compartimos más de lo que creemos. (O eso creo, sin la ciencia ni la investigación que lo respalden). Estoy segura de que algún dÃa tendremos esas mediciones.
Incluso el hecho de no saber qué decir, o cómo decirlo, y dejar que la cuestión de la expresión adecuada o hábil actúe sobre nosotros, mientras esperamos que surja algo real y verdadero, es una parte importante de la salud de nuestra psique, creo.
Cada vez que delegamos la comunicación, como si tuviéramos algo más importante que hacer, perdemos la oportunidad de ver que justo aquÃ, ahora mismo, en los momentos más mundanos, pequeños u ordinarios, puede surgir algo encantador, profundo o conmovedor.
Asà que... sÃ, voto por expresarnos con nuestras propias palabras. Insinuaciones, verdades, pistas y fragmentos del alma danzan entre esas mismas palabras, por muy poco importantes u ordinarias que nos parezcan.
—Rick Lewis