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Cuaderno de edición

Mi editora y yo revisamos más de la mitad de la novela. Diría que entramos en la curva final. Cuando terminemos de ver todos los capítulos, seguramente, habrá una segunda ronda para discutir puntos que no quedaron del todo claros. Porque hay marcas que acepté, marcas que rechacé (sobre las que quizás ella quiera insistir) , y unas pocas que no entendí y quedaron sin respuesta.

Pero, a esta altura, hay un aspecto que puede parecer banal, pero que quiero contarles. Yo escribo en una Mac y el word que uso tiene ciertas complicaciones cuando quiero ver los “comentarios” de la editora para aprobarlos o no. Cuesta bajar de un comentario a otro, no me deja agregar nuevos, se traba.. Seguramente deba tener que ver con mi torpeza o con mi desconocimiento de esa herramienta en una Mac, pero me trae problemas. Por eso, cuando está libre, uso para la revisión la computadora familiar, de escritorio, que es de otra tecnología. Allí este trabajo es más sencillo.

Lo llamativo es que luego de usar varias veces la una y la otra, me di cuenta de que acepto mejor los comentarios de mi editora en la computadora de escritorio, y rechazo muchos más comentarios en la Mac. Descartemos el azar: el estado de fastidio versus el estado confortable debe influir en esa diferencia. Seguramente, esto se produce en comentarios que podrían ser resueltos tanto de la forma original como de la forma propuesta por la editora. Hay otros comentarios que habrían tenido la misma resolución en cualquiera de las dos máquinas (errores concretos de grafía, de no concordancia, de tiempos verbales). Pero cuando se trata de una cuestión casi de “gustos”, de cómo suena la prosa, el ánimo afecta. Entonces me pregunto cuántas emociones influyen sobre las palabras que elegimos cuando escribimos y cuando corregimos (que también es escribir).

Me ha sucedido en varias ocasiones que un traductor me pregunta por qué usé determinada palabra y eso me hace cuestionarme la elección, a veces muchos años después de haberla hecho.

Hay diferencias sutiles entre algunas palabras o frases y que, sin embargo, resultan importantes. Dejemos de lado cuando es evidente que hay que elegir otra opción, a veces por repetición (algo que en el castellano tenemos mucho más en cuenta que en otros idiomas como el inglés) , a veces por cacofonía. Pero cuando la diferencia de significado es muy sutil para la razón entra a jugar la emoción. No solo la propia sino la que queremos que experimente el lector. Uno de los comentarios de mi editora era cambiar el adjetivo “imposible” por “inútil”. No son lo mismo, claro. Me pareció que su opción era mejor para describir al sustantivo. Pero yo estaba revisando el texto en la computadora de escritorio. Si hubiera estado en la Mac quizás habría defendido que aquello que adjetivaba no sólo carecía de utilidad sino que era realmente inviable, que ni siquiera podría verificarse su utilidad porque nunca sucedería. Es gracioso, pero al evocar esto, me casi que me enojo.

En la elección de las palabras que escribimos, estoy convencida, no solo pesa la razón sino la emoción., incluso una emoción ajena al texto como la que produce una computadora que trabaja de un modo que fastidia. Lo que no termino de concluir es si eso es bueno o malo para el texto.

Mar 11
at
11:21 AM
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