Jeff Koons es una figura divisiva: o lo amas por su celebración cínica del consumo, o lo odias por su superficialidad. Pero su obra demuestra que, en el arte contemporáneo, la perfección del acabado y el valor de mercado son tan importantes como la idea. Nos obliga a cuestionar dónde termina el consumo y dónde empieza el arte, recordándonos que el arte es un espejo de nuestros propios deseos de lujo y brillo.