Salí del teatro con un nudo físico, literal. No el tipo de emoción que se resuelve con una frase bonita, sino una incomodidad lenta que te acompaña a casa. El nudo gordiano (Johnna Adams) no te ofrece el consuelo del “culpable perfecto” —y quizá por eso duele más—: te obliga a mirar un conflicto donde lo moral no encaja en relatos limpios.
Lo inquietante es que el centro de ese conflicto es un niño, y cuando la infancia entra en escena, la sociedad se enciende. La elevamos a territorio sagrado… y, a la vez, la colonizamos con miedo: protocolos, sospecha, batallas por el relato, necesidad urgente de dictar quién es víctima legítima y quién merece compasión. En ese campo de batalla, el matiz se vive como traición.
He escrito esta reflexión porque sospecho que el verdadero nudo de nuestro tiempo no es la falta de respuestas, sino la falta de paciencia moral para sostener lo intrincado sin romperlo a martillazos. Si te interesa esa pregunta —y lo que revela sobre escuela, maternidad, dolor y comunidad— te dejo el texto completo.