El problema viene cuando la ansiedad pasa de ser adaptativa (nos ayuda) a ser disfuncional (nos paraliza, nos confunde y nos incapacita). Aun así, ella no es el verdadero problema, o no el único: ella es la mensajera. Y matar al mensajero —o taparle la boca con mandalas y positivismo de taza de café— no funciona: hay que escuchar su mensaje. Esa es su razón de ser.