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Cuando los Chicago Bulls pusieron sobre la mesa a Clifford Ray, una primera ronda del draft y 500.000 dólares para cerrar el traspaso por Nate Thurmond, buscaban desesperadamente el último pilar para destronar a Kareem Abdul-Jabbar.
Tras once temporadas siendo el silencioso pilar interior de los Golden State Warriors, Thurmond aterrizó en Illinois con el objetivo de devolver el golpe a los grandes colosos de la época, pues Wilt Chamberlain y el propio Kareem habían sido los verdugos de los Bulls en las cuatro últimas ediciones de los playoffs.
Y su carta de presentación no pudo ser mejor.
El 18 de octubre de 1974, Thurmond debutó con su nuevo equipo en el Chicago Stadium con el que se considera el primer cuádruple-doble oficial en la historia de la NBA: 22 puntos, 14 rebotes, 13 asistencias y 12 tapones. Cabe mencionar que la liga acababa de empezar a contabilizar tapones y robos, por lo que es muy probable que jugadores como Chamberlain, Russell o Abdul-Jabbar lo hubieran logrado con anterioridad. De hecho, tan poco acostumbrada estaba la prensa a recoger aquellas estadísticas que ni siquiera lo destacaron en sus cabeceras del día siguiente.
Curiosamente, ese silencio mediático definió toda su carrera.
Nunca quiso ser el centro de atención ni buscó copar titulares, pero en la pintura siempre impuso un respeto reverencial. El propio Kareem lo reconoció tiempo después como el defensor más duro, inteligente y desesperante al que se enfrentó jamás. Mientras Kareem destrozaba la liga con porcentajes de tiro por encima del 55% en playoffs, las noches contra Thurmond solían saldarse con un acierto inferior al 45%.
Con su centro de gravedad bajo, un juego de pies trabajado tras año y medio entrenando a diario contra Wilt Chamberlain, una lectura perfecta de los movimientos rivales y un uso quirúrgico del cuerpo, Nate era un cerrojo infranqueable. No solo para Kareem, sino también para otros grandes pívots de la época como Wes Unseld, Bob Lanier, Willis Reed o Walt Bellamy.
Thurmond asumía su rol en la era dorada de los centers con una lucidez aplastante: "Es como si para que Muhammad Ali fuera reconocido como un grande, necesitara a Joe Frazier. Si quería ser conocido como un gran jugador defensivo, tenía que ser capaz de detener a los que les gustaba anotar". Él aceptó de buen grado ser ese Frazier de la pintura, un incansable espartano sobre el que los demás tenían que moldear su propia grandeza.
Sin anillos en los dedos y atrapado entre la hegemonía de los Celtics de Russell, los 76ers/Lakers de Wilt, los Bucks de Kareem o los Knicks de Reed, a Nate solo le faltó el escaparate adecuado para el gran público. Como llegó a resumir la prensa de la época con amarga certeza: si Nate Thurmond hubiera sido el pívot de los Knicks, no habría habido suficiente espacio en todas las revistas del país para cubrir sus gestas.
