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Kevin Garnett se negaba a marcharse de Minnesota. No quería abandonar el barco, como sí había hecho Stephon Marbury años atrás, una herida que tardó muchísimo en cicatrizar.

Llevaba ya doce largas temporadas allí, saldadas con las primeras ocho apariciones de los Timberwolves en playoffs.

Había aterrizado allí en 1995 con apenas 19 años. Había ganado un premio al MVP, había sido All-Star en diez ocasiones y había convertido a los Timberwolves en una franquicia respetable. Solo le faltaba una cosa: jugar unas Finales.

Sin embargo, todo había cambiado aquel verano de 2007.

Al otro lado del país, los Celtics no conseguían dar con la tecla. Habían finalizado la temporada con apenas 24 victorias y Danny Ainge buscaba desesperadamente una manera de reconstruir alrededor de Paul Pierce, quien ya había dado muestras de que su paciencia estaba a punto de agotarse.

Tres días antes había enviado a Wally Szczerbiak, Delonte West y el recién llegado Jeff Green para conseguir a Ray Allen. No le quedaba otro remedio, después de que la lotería del draft fuera esquiva con él, relegándolo hasta el pick 5, lo que desmoronó el sueño de seleccionar a Kevin Durant o Greg Oden.

Entonces, Garnett empezó a mirar hacia Massachusetts.

“No tenía ningún interés en marcharme de Minnesota”, reconocería en diversas entrevistas a partir de entonces. Pero las ideas de futuro de Glen Taylor, propietario de los Wolves, chocaban con las suyas.

“Cuando Boston traspasó por Ray Allen, toda la situación cambió para mí”, explicó Garnett. No dijo nada a nadie. Simplemente empezó a imaginarse con la camiseta de los Celtics.

Quizá, por primera vez en doce años, aquel anillo que parecía siempre tan lejano anunciaba una ruta posible.

El 31 de julio, Minnesota aceptó cinco jugadores, dos primeras rondas y dinero a cambio de su estrella. Garnett llegó a Boston junto a Allen y Pierce para formar un Big Three que todavía no sabía que acabaría ganando 66 partidos, un campeonato y devolviendo a los Celtics al lugar que les pertenecía.

Garnett lo resumió aquel día con una frase mucho menos grandilocuente de lo que acabaría siendo su historia:

“Pensé que era probablemente mi mejor oportunidad de ganar un anillo”.

Tenía razón.

Y quizá lo más bonito de aquel traspaso sea precisamente eso: Kevin Garnett no abandonó Minnesota porque dejara de quererla. La abandonó porque, por primera vez, vislumbró un lugar donde podía conseguir algo más.

Jul 31
at
10:44 AM
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