Me hice una cuenta en Wallapop cuando (¡por fin!) tuve domicilio fijo y quise comprar muebles por primera vez en mi vida. En Madrid y de forma presencial encontré tres lámparas baratísimas, un mueble para el salón precioso y una alfombra clásica enorme y de lana que a día de hoy no ha soltado ni una pelusa y que jamás habría podido pagar de primera mano.
Envalentonada por mi nueva identidad de consumidora responsable y cazagangas, descargué también Vinted: error. Nunca he vuelto a encontrar nada memorable y encima Vinted tiene un algoritmo que sabe lo que te gusta y lo que quisieras tener mejor que tu propia madre y además sin juzgarte.
El resultado es un agujero negro de tiempo. Entras “un momento” a ver qué hay y cuando quieres darte cuenta llevas media hora deslizando el dedo con una concentración que ya quisieras para otras áreas de tu vida. Tarde o temprano algo cae, porque todo parece una oportunidad irrepetible, aunque se repita todos los días.
Y así se activa el ciclo compra, venta, venta, compra, en un bucle que podría prolongarse indefinidamente. Me consta que muchas prendas vuelven a Vinted a la media hora de haber llegado a una casa, como si estuvieran haciendo prácticas de movilidad laboral: pasan un rato, se prueban y siguen su camino. La promesa de consumir mejor se convierte en un trasiego constante de paquetes que vienen y van, con sus embalajes, sus transportes y su correspondiente gasto de combustibles, todo ello al servicio de una blusa que nadie necesitaba.
Wallapop no tiene ese refinamiento algorítmico, pero compensa con una experiencia humana inolvidable. Allí florece una cultura del regateo que combina la perseverancia con una sorprendente capacidad para el detalle irrelevante: ¿me rebajas un euro?, ¿cuánto mide exactamente la sisa del vestido?, ¿es azul klein o más bien azul azafata? Una acaba manteniendo conversaciones larguísimas para cerrar operaciones de tres euros, con la sensación de estar gestionando una negociación internacional cuando en realidad está perdiendo el tiempo con dedicación.
Son dos formas distintas de andar enredada con chorradas del móvil: una elegante y algorítmica; otra más castiza, pero igual de mema.
Ahora que me toca hacer limpieza de primavera y retirar toda la ropa pequeña de mi hija, voy a transferirme el dinero de los monederos virtuales (esa pequeña genialidad diseñada para que el dinero nunca abandone la aplicación), desinstalar las apps y llevar todo lo que ya no nos sirve a Cáritas, donde encontrarán dueño sin necesidad de hacer escala en cuatro casas.
Este un ejemplo claro de cómo algo que funcionaba bien, como los mercadillos vecinales, los grupos de consumo 0 o directamente dejar algo al lado de la basura que alguien recoge, acaba siendo absorbido, optimizado y sofisticado, convertido en empresa lucrativa.
La solución, como casi siempre, es poco innovadora: cerrar la aplicación y la cartera.