ese momento en el que invitas a gente a comer a casa, a pasar la tarde, y el salón comienza a oscurecerse pero, por suerte, nadie pide que se encienda la luz, como si todos entendiérais que algo va a romperse cuando ocurra, que parte de la magia se marchará en el momento en el que alguien accione el interruptor. Lo mismo que ocurre con las despedidas en el umbral, que a veces se alargan porque de repente ni la persona que se marcha ni la que se queda se quieren despedir. No es que quieran exactamente que la velada se extienda: están cansadas, quizá algo borrachas, pensando ya en sus camas, pero aún asà son reacias a renunciar por completo al encanto del encuentro, a la magia de estar juntos, a perder esa energÃa que simplemente se marchará cuando uno cierre la puerta y el otro baje las escaleras.