Conforme te haces mayor, el peso de tu identidad puede convertirse en un lastre. Demasiados recuerdos que ordenar en una narrativa que, por mucho que se edite, a la larga resulta enrevesada, anticlimática, insatisfactoria. Se convierte este peso en el de una roca con la que cargamos, una amalgama monstruosa que nos esforzamos en esculpir para alcanzar una forma presentable. Sin embargo, es mucho más fácil aceptar que la identidad se deshace, fluye, no es más que un punto determinado en una trayectoria que apenas controlamos. Que para bien o para mal, ya no somos todo lo que fuimos.