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El valle inquietante
Hay un momento exacto en el que algo que parece humano deja de ser fascinante y se convierte en perturbador. Los japoneses lo llaman bukimi no tani. En occidente lo conocemos como el uncanny valley, o el valle inquietante.
La teoría la formuló el robotista Masahiro Mori en 1970. Básicamente dice que cuanto más se parece un robot o una figura artificial a un ser humano, más empatía nos genera. Hasta cierto punto. Porque justo antes de llegar a la perfección, hay un valle. Un punto en el que el parecido es tan cercano pero tan imperfecto que nos produce una repulsión visceral e irracional.
Un robot industrial no nos inquieta. Un muñeco de trapo tampoco. Pero un androide con cara casi humana, que parpadea casi como una persona y sonríe casi como tú, puede hacernos sentir un malestar profundo que no sabemos explicar.
La teoría se ha aplicado después a los CGI de Hollywood, a los videojuegos, a las muñecas hiperrealistas y más recientemente a los rostros generados por inteligencia artificial. Siempre el mismo efecto: lo casi humano es más aterrador que lo claramente artificial.
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¿Os gustaría que hablásemos más sobre los posibles orígenes evolutivos de por qué sentimos todo esto?

