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Ya no hay tal cosa como privacidad.

Orwell describió un mundo donde el Gran Hermano lo vigilaba todo. Lo leímos como una advertencia. Luego instalamos nosotros solos las cámaras en nuestras casas, los micrófonos en nuestras cocinas y el GPS en nuestros bolsillos. Y le dimos acceso voluntario a todo ello a un puñado de empresas privadas a cambio de poder ver reels gratis.

Tu teléfono sabe dónde duermes, con quién, cuánto tardas en dormirte y qué buscas a las tres de la mañana. Tu smartwatch sabe tu ritmo cardíaco cuando discutes. Tu nevera inteligente sabe lo que comes. Y todo eso está en servidores de empresas cuyos términos y condiciones nadie ha leído jamás.

Lo peor de todo no es que nos vigilen. Es que nos parece normal.

El bueno de Orwell se quedó corto en sus predicciones. Al menos en 1984 la gente sabía que la vigilaban y le parecía mal. Nosotros pagamos por el privilegio y lo llamamos comodidad.

¿En qué momento decidimos que la privacidad era demasiado incómoda para mantenerla?

May 6
at
1:00 PM
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