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Todo el mundo habla de escribir una novela. Nadie habla de lo raro que se siente terminarla.
¿Nunca te han pitado en un semáforo en verde porque estabas pensando en una escena? ¿O te has quedado mirando a la nada mientras estabas con amigos porque se te había ocurrido un diálogo perfecto?
Al final del día, el mundo que creas en tu mente y la realidad conviven de una forma que es difícil de explicar a alguien que no escribe.
Y luego escribes la última frase. Y de repente se acaba.
No sé si seré el único que lo siente así, pero a veces terminar una novela se siente casi como un duelo.
Y desde luego nadie te avisa de que terminar el borrador no es terminar la novela. Que lo que viene después, la revisión, la edición, las reescrituras, es otro proceso completamente distinto con sus propios monstruos.
Pero tampoco nadie te cuenta la otra parte: que haberlo terminado, con todos sus defectos, es algo que muy poca gente consigue. Y eso es algo de lo que deberíamos estar muy orgullosos.
