Hace un rato me encontraba en el portal de mi edificio sujetando la puerta para una vecina mayor que bajaba la escalera despacito.
Al llegar a mi altura me sonríe y me dice:
—Gracias, hija, pero no hacía falta que te preocuparas. Yo ya he corrido todo lo que tenía que correr en mi vida; las prisas ya no me son necesarias.