No sé cuánto leí en este garito que Hamnet, la novela, era toda una loza, un ladrillo. Cómo me gustó la película, me mandé igual, sin duda alguna predispuesto. Sí, no tiene el ritmo ágil de libro de mesa de novedades, y el tema no es atractivo per se, pero sería mezquino si no dijera que Maggie O’Farrell logró algo notable, como le gustaba decir a un viejo profesor que tuve. Aburrida o no, diría yo, es un pedazo de novela.
El peaje de entrada es ya muy alto para el que no le interese la muerte de un chico, en un pueblo inglés, a finales de la Edad Media. Por muy famoso que sean sus padres. Y a la prosa de la autora hay que aclimatarse: es como visitar una galería y pasar la vista por preciosos bodegones, uno tras otro y… ¿quién no ha abandonado un museo así? Pero luego de ajustar los sentidos a la estética de O’Farrell, a su propuesta narrativa, la lectura se hace fluida. Incluso, en la segunda parte, demasiado.
No hay duda que la norirlandesa tiene talento para lo que mi viejo profesor llamaría los resortes de la lengua (aplauso para la traducción, por cierto), pero se nota un fino trabajo de repujado sobre la escritura: todo parece cuidado, calculado, bien detallado. Aun en los pasajes más espesos, hay poco caprichos; O’Farrell casi siempre termina eligiendo bien.
La novela hubiese alcanzado un techo aún mayor si se hubiese atrevido a seguirle la pista a un par de personajes, para matizar aún más el tema central del libro, el duelo. Pero el riesgo de alargar las 350 páginas y hacer la historia más pesada hubiese sido demasiado alto. La novela fue justo lo que quiso la autora, y punto.
No voy a decir que estamos perdiendo la capacidad de concentración y bajando los estándares artísticos, ni ninguna de esas pavadas. Hamnet no es para todo el mundo, como tampoco lo es Shakespeare. Y mejor así, que cada quien en su mundo, porque de otro modo todo se volvería muy aburrido.