ME CRIARON “PARAMILITARES” Y GRACIAS A ELLOS NO ME VENDO
Hoy he visto en LinkedIn un perfil que ponía “scout inmobiliario.”
Me he quedado mirando la pantalla, como cuando ves una radiografía y no cuadra. ¿Scout inmobiliario? Las dos palabras juntas. En mi cabeza, han hecho un cortocircuito.
Porque yo soy scout. De los de verdad.
De los que Baden-Powell fundó en 1907 cuando se llevó a 20 chavales a la isla de Brownsea y les enseñó a sobrevivir, a cooperar y a dejar el mundo un poco mejor.
Un militar que había visto lo peor del ser humano en la guerra y decidió que la solución no eran más soldados. Eran mejores personas.
Y mis padres, sin saberlo, me regalaron eso.
En aquella época nos veían como gente rara. Una suerte de secta paramilitar con pañoletas.
Los prejuicios eran múltiples.
Y como pasa siempre, completamente erróneos.
Encontré un sitio donde los adultos se llamaban Baloo, Bagheera o Lince. Un grupo de personas mayores que tú que elegía dedicar su tiempo libre a enseñarte a hacer nudos, a usar un hacha y, sin que te dieras cuenta, a ser mejor persona.
Encontré gente radicalmente diferente a mí. Con ideas políticas opuestas. Con vidas que no se parecían nada a la mía. Pero con una motivación de fondo idéntica: hacer del mundo un sitio mejor.
Cuando vivimos en una cámara de eco permanente, yo tuve un sitio donde me aceptaban con todo lo que yo era.
Donde me querían.
Donde podía dialogar con alguien con quien jamás votaría lo mismo y seguir queriéndonos al acabar la conversación.
Esos lazos no se explican.
Son de los que duran toda la vida, aunque no te veas en años.
De los que cuando llamas, es como si no hubiera pasado el tiempo.
La adulta que no se vende.
Que no degrada su trabajo por cinco segundos de fama.
Que levanta la cabeza porque ama lo que hace.
Esa persona existe gracias a ellos.
Gracias a ese señor que miró un campo de batalla y vio un campamento de verano.
Siempre listos.