LA IGLESIA MÁS ALTA DEL MUNDO LA DISEÑÓ UN NIÑO QUE NO PODÍA CAMINAR.
Un niño tumbado en el suelo.
No puede levantarse.
La artritis reumatoide juvenil le ha dejado las articulaciones tan inflamadas que a veces lo llevan en burro a la escuela. Tiene siete años y ya sabe lo que es despertarse con dolor.
Mientras los otros niños corren, él mira. Hormigas, caracoles.
Mira cómo se ramifican los árboles, cómo se curva una concha, el peso de un esqueleto de pájaro.
Horas estudiando estructuras que la naturaleza lleva millones de años perfeccionando.
Su madre piensa que es una tragedia.
No lo es.
Es Antoni Gaudí.
Y todo lo que no pudo hacer con el cuerpo lo hizo con los ojos.
Ayer se colocó la piedra más alta de la Sagrada Familia. 172,5 metros.
144 años. Cuatro generaciones de arquitectos, canteros y artesanos que cogieron el testigo sabiendo que no llegarían al final. Como en Los Pilares de la Tierra.
Como en las catedrales medievales donde el abuelo ponía la primera piedra y el nieto tallaba la última gárgola sin haberse conocido nunca.
Hay algo en esa manera antigua de entender el tiempo.
La convicción de que lo importante no es que tú lo veas terminado.
Sino empezar.