SOBREVIVIÓ A DOS BOMBAS ATÓMICAS
Tal día como hoy, en 1916, nació en Nagasaki, un ingeniero llamado Tsutomu Yamaguchi.
El 6 de agosto de 1945, una bomba atómica estalló a 3 kilómetros de él, en Hiroshima, donde estaba por trabajo.
Quedó ciego temporalmente. Sordo de un oído. Quemaduras graves. Se arrastró entre cadáveres hasta un tren y volvió a casa. A Nagasaki.
Tres días después fue a trabajar. Vendado de arriba abajo. Y le contó a su jefe lo que había visto: una sola bomba había borrado una ciudad entera.
Su jefe le dijo que estaba loco.
En ese preciso instante, la segunda bomba atómica estalló sobre Nagasaki. Otra vez a 3 kilómetros.
Me habría encantado ver la cara del jefe.
Pero lo que me fascina de Yamaguchi no es que sobreviviera. Es lo que la radiación ionizante hizo con él. Porque la radiación tiene dos formas de hacerte daño, y la mayoría de la gente no lo sabe.
La primera depende de la dosis. Son los efectos deterministas. Si superas el umbral, el daño es seguro: quemaduras, cataratas, caída del pelo, sordera. Predecible y proporcional. Lo que le pasó a Yamaguchi el mismo día de cada bomba.
Pero la segunda depende de la suerte. Son los efectos estocásticos. No hay umbral. No hay dosis segura. La radiación daña el ADN de una célula, y esa célula puede volverse cancerosa. O no. Es una lotería. Yo me lo imagino como electrones disparándose para darle a una diana sin siquiera verla. Y no sabes si te ha tocado hasta años o décadas después. Aquí es donde la suerte jugó un papel fundamental.
Yamaguchi es un caso rarísimo de lotería genética. Sobrevivió a dos bombas.
Los efectos estocásticos se tomaron su tiempo: leucemia y el cáncer de estómago que finalmente se lo llevó.
En 2010. A los 93 años.
Quizás deberíamos pararnos un poco antes de nuestro próximo “eso no puede ser”.