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EL CIRUJANO QUE SALVÓ UNA PIERNA CORTÁNDOLE LA SANGRE

Siglo XVIII. Londres. Un cochero llega con una pierna que parece una bomba. Tiene un bulto detrás de la rodilla que palpita como un corazón. Un aneurisma poplíteo. La arteria se ha hinchado como un globo y es cuestión de tiempo que reviente.

El tratamiento en esa época era sencillo: sierra y adiós pierna.

Pero John Hunter era un tío raro. Escocés. Hijo de granjeros. Incapaz de leer hasta los 13 años. Y con una idea completamente descabellada.

“¿Y si en vez de cortar la pierna… le corto la sangre?”

Una locura. Si le cierras la autopista principal de sangre a una pierna, se muere. Eso lo sabe cualquiera.

Cualquiera menos Hunter.

Porque Hunter había pasado 12 años disecando más de 2.000 cadáveres. Y sabía algo que los demás no: el cuerpo tiene carreteras secundarias. Vasos pequeños, dormidos, que pueden despertar y asumir el trabajo si la autopista se cierra.

Así que subió por el muslo hasta un túnel anatómico (entre el vasto medial, los aductores y el sartorio) y ligó la arteria femoral donde estaba sana. Lejos del aneurisma. En terreno seguro.

El cochero conservó su pierna.

Ese túnel se llama desde entonces conducto de Hunter. Y es una de las estructuras más elegantes del cuerpo humano.

Quince centímetros de autopista por la que pasan la arteria femoral, la vena y el nervio safeno.

Pero a los traumatólogos nos tiene locos.

Porque ese mismo conducto, con su hiato y su arteria pegada a la cortical medial del fémur, es el que nos prohíbe poner una placa justo donde la biomecánica nos suplica que la pongamos.

La manzana del paraíso de la osteosíntesis. Ese amor prohibido por el que suspiras todavía. Fémur medial...

Mar 30
at
7:02 AM
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