LO QUE TINDER Y UNA FRESA DE COTILO TIENEN EN COMÚN
Soy una clásica. Empedernida.
Sigo viviendo en la fantasía de que puedo conocer a alguien comprando el pan. O desayunando en una cafetería. Mientras todo el mundo desliza el dedo a la derecha, yo miro a la puerta por si entra alguien interesante.
No me como un rosco. Pero vivo feliz en mis convicciones.
Me niego a pensar que la única forma de conectar con otro ser humano es a través de una pantalla. Y lo curioso es que algo parecido me pasa en el quirófano.
No me malinterpretes. Me encantan los juguetitos de planificación quirúrgica, la inteligencia artificial prediciendo tallas y blablabla. Creo que son enormemente útiles.
Pero.
Donde se ponga una fresa de cotilo rascando el fondo de la pelvis. Esa virutilla que sale en forma de cartílago articular por los agujeritos. Ese segundo dedo de tu mano derecha entrando para palpar cuánto fondo queda después de cada pase. Ese punteado de sangre que te dice “aquí hay hueso vivo”. Ese tocar la pala ilíaca para predecir la orientación del componente.
Qué placer, por favor.
Cuando llegue la cirugía robótica a mi hospital, probablemente me quiten toda esa magia. El robot no necesita meter el dedo. Ni ver la virutilla. No necesita intuición.
Pero yo sí.
A lo mejor el problema no es ser clásica. Sino que hemos decidido que lo analógico es inferior porque es más lento.
Lo bastante lento para morir acariciando gatos…