Entre los 14 y los 23 años, el cerebro graba la música con una intensidad que después no vuelve a repetirse. A los treinta, una canción nueva tiene la mitad de impacto que las que escuchaste con quince.
La mitad.
Pura bioquímica: el estriado a tope de dopamina y la corteza prefrontal sin terminar de madurar. La combinación perfecta para que un tema como "Creep" de Radiohead te marque para siempre si tenías 14 años en 1993.